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sábado, 26 de septiembre de 2009

Pekín-pah

En pocos días más concluyen las funciones de Turandot en el Teatro Municipal. Hoy Susan Neves, que está considerablemente más delgada que en su última visita, fue anunciada con resfrío, aunque decidió cantar de todas formas, "para no defraudar al público". Uno se pregunta si esto era necesario dada la existencia del segundo elenco, con una más que solvente Irina Rindzuner en el titular. Como fuere, Neves cantó y el resultado osciló entre lo aceptable y lo olvidable (tuvo varios problemas de respiración que la hacían ir un poco detrás de la orquesta en su aria). Piero Giuliacci y Olga Mykytenko completaban el reparto del que ha sido el título más débil de la actual temporada. En la función de hoy me llamó la atención el tamaño de la espada del verdugo. No es que no lo haya notado antes, pero no había pensado cuán ineficiente resulta para amenazar a Liú en el acto tercero. Una de las premisas de la tortura es ir de a poco incrementando la intensidad del dolor, así como ir de métodos más bien rudimentarios a otros exquisitos. Lo interesante es que el público poco y ningún reparo tiene frente a este alarde de crueldad, y los aplausos que siguen a ese tan poco logrado final de la ópera parecieran olvidar muy rápido que minutos antes los ministros de Turandot aseguraban tener "fierros para abrir los dientes". Una forma de tortura es obligar a la víctima a mirar cómo otros son torturados. Lo curioso es que en la muerte de Liú el efecto en uno es más cercano al placer que a la repulsión, algo muy parecido a la incómoda escena de violación en Perros de paja de Sam Peckinpah, en la que dudamos del placer o dolor de la víctima. ¿Nos tortura Puccini? Algunos estaríamos dispuestos a decir que sí.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

¿Nueva Turandot?

Roberto Oswald y Aníbal Lápiz habían firmado hace varios años una Turandot en la línea tradicional en que se monta este título (para todos los efectos: Zeffirelli). Este año, el Teatro Municipal anunciaba una "nueva producción" a cargo de...sí, Oswald y Lápiz. Esta última se trata en realidad de una versión ajustada de lo que la dupla argentina había hecho el 2006 en el Luna Park de Buenos Aires, y que luego recaló en México en una gira del Teatro Colón el 2007.

Fuera de esa precisión -es decir, si se trata o no de una "nueva producción" en el sentido de ser su primera presentación en sociedad- lo importante es más bien saber qué la hace distinta de la anterior, ya que a simple vista el resultado es bien parecido. Es cierto: hay algunos cambios, como el traje de Turandot en el acto segundo, morado antes, negro ahora. Pero el resultado general es bastante, bastante similiar: el verdugo afilando su espada con todo el pueblo mirando, la especie de rampa en que se ubica el emperador, las jugarretas infantiles de Ping, Pang y Pong. No recuerdo exactamente cómo transcurría antes el dúo final, por lo que solo puedo aceptar con alivio la elección actual de cantarlo delante de una cortina blanca. Después de toda la chinoisserie de la hora anterior, es un verdadero respiro.

Mi impresión final es que la "nueva producción" es solamente una versión un poquito más sobria de la anterior. Y por "sobria" no quiero decir que sea ni remotamente minimalista, simbólica o poco-extravagante. Es básicamente todo lo que uno ve en un restorán de comida china. Así que para comprobarlo pasé a uno después de la función (ok, el hambre también influyó). Era uno que solo entregaba comida para llevar. Había una reja que separaba al cliente del mesón de atención (me recordó el local de apuestas en Snatch, la película del ex-marido de Madonna). Unas sillas, un televisor y unos póster de ¿China? eran básicamente la decoración. Era todo un poco deprimente la verdad. Conversé con el chico que atendía (me dijo que lo hacían hasta las 1.00 AM a veces, lo que en ese momento me dije "debo recordar"), y me habló de autos japoneses, de que antes el local era una carnicería, y que los logos robados de las camionetas los venden en la calle a $500. Pagué y me fui.

En un sentido, la puesta de Oswald y Lápiz va más allá del imaginario del restorán de comida china. Es de hecho más fiel a la idea misma de un restorán de comida china de lo que efectivamente son los propios restoranes (o al menos, el que visité, que en todo caso se anuncia como tal). Por lo mismo, si se trataba de crear una "nueva producción" la novedad podría haber radicado en actualizar ese imaginario. La novedad, sin embargo, no llegó, y ahora tenemos una Turandot que más que nueva parece la versión trascendental de la anterior.

Conclusión: los restoranes de comida china no son lo que eran, Turandot es lo que fue, y no, no debo volver a comer tanta fritanga antes de acostarme.