La bohème, de Giacomo Puccini. Intérpretes principales: Rolando Villazón (Rodolfo), Alexia Voulgaridou (Mimí), Elena de la Merced (Musetta), Ludovic Tézier (Marcello), Toby Stafford-Allen (Schaunard), Markus Marquardt (Colline). Coro de Niños de la Escuela Mayor de Música de Bregenz, Wolfgang Schwendinger (maestro del coro); Coro del Festival de Bregenz, Coro de Cámara de Moscú, Vladimir Minin (maestro del coro). Orquesta Sinfónica de Viena, Ulf Schirmer (conductor). Producción: Richard Jones y Antony McDonald (dirección de escena, escenografía), Wolfgang Göbbel (iluminación), Philippe Giraudeau (coreografía). Grabación: Festival de Bregenz, 2002, Brian Large (dirección de cámaras). Sonido 2.0 Dolby Stereo; formato de imagen 16:9; subtítulos en alemán, francés, inglés e italiano. 1 DVD (100 min.) + folleto trilingüe (20 pp.). Capriccio 2006 (93 515).“Operático” es un adjetivo que ha llegado a describir todo aquello que es exagerado, sublime, y hasta de mal gusto. Desde un buen montaje teatral, hasta culebrones con tramas rebuscadas, “operático” les cae como anillo al dedo. Un sentido muy usual es el relacionado con el aspecto visual y espacial del espectáculo de ópera. La Arena de Verona es “operática” al ser un escenario enorme, con un despliegue escénico apabullante. El Festival de Bregenz sigue esa línea de hacer ópera, aunque se usa amplificación para los cantantes. Con el tiempo ha cobrado fama internacional, y ya disponemos de varias producciones suyas en devedé (en Quantum of Solace, la última película de James Bond, puede verse también parte del montaje de la Tosca hecha ahí).
El 2002 Richard Jones y Antony McDonald montaron en Bregenz una Bohème sencillamente pantagruélica. Usando sillas gigantes que sostenían el escenario, la acción se desarrollaba encima de una mesa, con mucho movimiento en diferentes lugares, lo que ciertamente el devedé no captura (pero claro...hay un límite a lo que uno puede exigirle al vídeo). La idea es muy festiva, en especial para los dos primeros actos, y es casi imposible tomarse una pausa entre ellos. El cierre de ese acto segundo, con una coreografía masiva al estilo disco, es una celebración, y dan ganas de haber estado ahí para haber apreciado mejor el espectáculo, incluida una explosión final de confetti que, gracias al diestro manejo de la iluminación, se transforma en gélida nieve para el siguiente acto.
Nada de esto le impide a Jones y McDonald entregar momentos de intimidad en los actos exteriores, donde los detalles que preceden a “Che gelida manina” dan prueba de su oficio teatral. La muerte de Mimì resulta un tanto desconcertante, con los bohemios abandonando en escena a la finada, y el cuerpo inerte de Mimì conviertiéndose en una mancha más de la mesa-escenario. El acto tercero transcurre bajo la lluvia (supongo que ficticia), con un escenario iluminado por fósforos gigantes, que hacia el final forman la palabra “printemps” (“primavera”, la estación en la cual Mimì y Rodolfo deciden separarse). Detalles como este (detalles eso sí ¡enormes!) hacen de esta Bohème una versión poco común que, pese a todo, conmueve por su delicadeza.
Rolando Villazón en 2002 estaba en el comienzo de su carrera, y se lo oye muy cómodo en Puccini. Rodolfo se acomoda bien a su voz cálida, incluso cuando la puesta tiende a presentarlo de forma un poco menos empática que la regla (en particular en el último acto). La soprano griega Alexia Voulgaridou es una Mimì extraordinaria. La voz posee un color hermoso, me recuerda un poco a Ileana Cotrubas, con una zona grave sólida que le entrega mayor aplomo a un rol vertido usualmente con demasiada inocencia. Su “D’onde lieta uscì” está entregado con extremo cuidado, sin descuidar las frases cantadas en piano. Elena de la Merced es una Musetta atractiva física y vocalmente, y se complementa bien con el Marcello más discreto de Ludovic Tézier. Toby Stafford-Allen es un Schaunard muy extrovertido, aunque la dicción es poco limpia, y Markus Marquardt como Colline funciona bien, incluso con una “Vecchia zimarra” cantada con demasiada rapidez. Ulf Schirmer saca de la Sinfónica de Viena un sonido colorido, ideal para los primeros actos, con una toma de sonido clarísima. A pesar que este es un devedé que atrae más por el despliegue visual, lo que oímos es ciertamente más que satisfactorio. Dos extraños bonus completan el disco, ambos en alemán, y de seis minutos de duración en total. La calidad de la imagen de uno es verdaderamente mala, y uno se pregunta qué sentido tiene haberlo puesto. Considerando la cajita tipo-cedé en que viene el disco, es una decepción.
El 2002 Richard Jones y Antony McDonald montaron en Bregenz una Bohème sencillamente pantagruélica. Usando sillas gigantes que sostenían el escenario, la acción se desarrollaba encima de una mesa, con mucho movimiento en diferentes lugares, lo que ciertamente el devedé no captura (pero claro...hay un límite a lo que uno puede exigirle al vídeo). La idea es muy festiva, en especial para los dos primeros actos, y es casi imposible tomarse una pausa entre ellos. El cierre de ese acto segundo, con una coreografía masiva al estilo disco, es una celebración, y dan ganas de haber estado ahí para haber apreciado mejor el espectáculo, incluida una explosión final de confetti que, gracias al diestro manejo de la iluminación, se transforma en gélida nieve para el siguiente acto.
Nada de esto le impide a Jones y McDonald entregar momentos de intimidad en los actos exteriores, donde los detalles que preceden a “Che gelida manina” dan prueba de su oficio teatral. La muerte de Mimì resulta un tanto desconcertante, con los bohemios abandonando en escena a la finada, y el cuerpo inerte de Mimì conviertiéndose en una mancha más de la mesa-escenario. El acto tercero transcurre bajo la lluvia (supongo que ficticia), con un escenario iluminado por fósforos gigantes, que hacia el final forman la palabra “printemps” (“primavera”, la estación en la cual Mimì y Rodolfo deciden separarse). Detalles como este (detalles eso sí ¡enormes!) hacen de esta Bohème una versión poco común que, pese a todo, conmueve por su delicadeza.
Rolando Villazón en 2002 estaba en el comienzo de su carrera, y se lo oye muy cómodo en Puccini. Rodolfo se acomoda bien a su voz cálida, incluso cuando la puesta tiende a presentarlo de forma un poco menos empática que la regla (en particular en el último acto). La soprano griega Alexia Voulgaridou es una Mimì extraordinaria. La voz posee un color hermoso, me recuerda un poco a Ileana Cotrubas, con una zona grave sólida que le entrega mayor aplomo a un rol vertido usualmente con demasiada inocencia. Su “D’onde lieta uscì” está entregado con extremo cuidado, sin descuidar las frases cantadas en piano. Elena de la Merced es una Musetta atractiva física y vocalmente, y se complementa bien con el Marcello más discreto de Ludovic Tézier. Toby Stafford-Allen es un Schaunard muy extrovertido, aunque la dicción es poco limpia, y Markus Marquardt como Colline funciona bien, incluso con una “Vecchia zimarra” cantada con demasiada rapidez. Ulf Schirmer saca de la Sinfónica de Viena un sonido colorido, ideal para los primeros actos, con una toma de sonido clarísima. A pesar que este es un devedé que atrae más por el despliegue visual, lo que oímos es ciertamente más que satisfactorio. Dos extraños bonus completan el disco, ambos en alemán, y de seis minutos de duración en total. La calidad de la imagen de uno es verdaderamente mala, y uno se pregunta qué sentido tiene haberlo puesto. Considerando la cajita tipo-cedé en que viene el disco, es una decepción.




En pocos días más concluyen las funciones de Turandot en el Teatro Municipal. Hoy Susan Neves, que está considerablemente más delgada que en su última visita, fue anunciada con resfrío, aunque decidió cantar de todas formas, "para no defraudar al público". Uno se pregunta si esto era necesario dada la existencia del segundo elenco, con una más que solvente Irina Rindzuner en el titular. Como fuere, Neves cantó y el resultado osciló entre lo aceptable y lo olvidable (tuvo varios problemas de respiración que la hacían ir un poco detrás de la orquesta en su aria). Piero Giuliacci y Olga Mykytenko completaban el reparto del que ha sido el título más débil de la actual temporada. En la función de hoy me llamó la atención el tamaño de la espada del verdugo. No es que no lo haya notado antes, pero no había pensado cuán ineficiente resulta para amenazar a Liú en el acto tercero. Una de las premisas de la tortura es ir de a poco incrementando la intensidad del dolor, así como ir de métodos más bien rudimentarios a otros exquisitos. Lo interesante es que el público poco y ningún reparo tiene frente a este alarde de crueldad, y los aplausos que siguen a ese tan poco logrado final de la ópera parecieran olvidar muy rápido que minutos antes los ministros de Turandot aseguraban tener "fierros para abrir los dientes". Una forma de tortura es obligar a la víctima a mirar cómo otros son torturados. Lo curioso es que en la muerte de Liú el efecto en uno es más cercano al placer que a la repulsión, algo muy parecido a la incómoda escena de violación en Perros de paja de Sam Peckinpah, en la que dudamos del placer o dolor de la víctima. ¿Nos tortura Puccini? Algunos estaríamos dispuestos a decir que sí.
El Instituto de Música de la Pontificia Universidad Católica ha venido realizando una labor de difusión artística invaluable en el último tiempo. Con el estreno a comienzos de este año de L'Orfeo de Monteverdi (puedes leer mi comentario 




